SON LAS UNIVERSIDADES O EL MERCADO

Lo hemos escuchado cientos de veces: lo que no hace el Estado lo termina haciendo el mercado. Normalmente esta frase se refiere a la corrección del tipo de cambio cuando queda durante mucho tiempo artificialmente retenido. Finalmente es la gente (o “el mercado”), quienes terminan convalidando la devaluación. Como sea, la devaluación siempre se produce. Cuanto más tiempo retenido el dólar, peor.

Algo similar está pasando ahora con las ofertas educativas universitarias. Resulta que hubo un cambio de época y ahora los jóvenes demandan carreras más cortas y flexibles, que les permita ir avanzando en sus trayectorias educativas en distintas direcciones e ir articulando este avance con lo que les vaya surgiendo en el mundo laboral.

Pero la mayoría de las universidades siguen ofreciendo carreras tradicionales: largas (duran unos 8 años en promedio) y con la idea de “terminalidad”. Esto es, que recién cuando se termina de estudiar una carrera se pasa al trabajo desde cero. Como si accedieran a un nuevo nivel de un juego, sin contacto entre uno y otro.

Las últimas inscripciones al CBC de la UBA, así como lo que ocurre en otras universidades del país y del mundo muestran esta tendencia: que los jóvenes eligen cada vez más las carreras que mejor se adaptan a la flexibilidad. Ganan terreno las que incorporaron aspectos de la tecnología y mayor vínculo con el mundo del trabajo, pierden las otras.

Desde hace años las universidades -de todo el mundo- conocen el diagnóstico y vienen debatiendo cómo adaptarse a la nueva demanda de carreras más cortas y flexibles, sin perder la calidad.

En la Argentina, por ejemplo, a fines del año pasado el Gobierno y los rectores de las universidades nacionales acordaron revisar la duración de las carreras e incentivar los títulos intermedios. Firmaron una declaración conjunta en este sentido. Por ahora está el documento y es muy poco lo que avanzó.

Es sabido que las universidades son instituciones “pesadas”, resistentes en general a los cambios, sobre todo porque las transformaciones requieren de largos debates y muy fundadas explicaciones. Hay mucho en juego.

Pero el reloj de arena sigue adelante. Y sin suficientes ofertas universitarias atractivas para los jóvenes, el espacio es cubierto por las empresas (tipo Google, Microsoft u otras), que presentan sus propias formaciones y certificaciones que terminan cumpliendo ese rol.

¿Puede dejar el Estado -así nomás- que esto ocurra? ¿No sería conveniente que las universidades se actualicen y brinden esta formación flexible, modular, de calidad y en diálogo con en el mercado laboral, pero con una mirada más integral y crítica, algo que las empresas difícilmente hagan? Es cuestión de despabilarse. Si el Estado no lo hace, otra vez es el mercado el que lo hará.

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