Por Fernanda Irigoyen- Programa de Género y Diversidad UNLC.- Una niña de 14 años asesinada y descuartizada, tirada en un descampado en Córdoba, siete días después de que su familia denunciara su desaparición. En El Dorado (Misiones) el cuerpo de otra adolescente de 17 años estrangulado y descartado en una cámara séptica. En Temperley una mujer de 30 años apuñalada por su novio, quien permaneció atrincherado durante varias horas antes de ser reducido por la Policía. Las historias de Agostina, Dulce María y Noelia son apenas tres de los 3.205 femicidios contabilizados en Argentina desde el 3 de junio de 2015.
Pero sus historias y los detalles de sus femicidios, parecen repetirse una y otra vez: denuncias desestimadas, búsquedas tardías, alertas y protocolos que no se activan e investigaciones sin perspectiva de género. Las narrativas mediáticas ponen el acento en culpar a la víctima o a su familia, en lugar de preguntarse por qué los desenlaces siempre son los mismos: cuerpos de niñas y mujeres brutalmente asesinadas, con saña, descartadas como basura.
Una mujer es asesinada por día en nuestro país, y solo muy pocos de esos femicidios llegan a los medios de comunicación. Pero cuando el horror es televisado, vemos a la luz del día las escenas de estos mecanismos.
Mucho se habla sobre las publicaciones de Agostina en sus redes, cómo se vestía, si iba o no a la escuela, qué hacía. ¿Será que una vez más, estamos preguntando qué hizo, en qué andaba para terminar así? Una reactualización constante del “tenía la pollera demasiado corta.” Una retórica que minimiza, niega o justifica la agresión, ahora alimentada por el algoritmo y las redes.
Sin embargo, poco sabemos de Claudio Barrellier, ¿Cuáles son las redes y corporaciones – en términos de Rita Segato- que sostienen y garantizan impunidad a una persona con antecedentes de secuestro y violencias de género extremas? Si la justicia no mira esas causas con una evaluación de riesgo el mensaje que envía a la sociedad es peligroso: maniatar, violar y amenazar a una mujer no es grave. Cuando un Fiscal y un Ministro de Seguridad dicen en conferencia de prensa que el “operativo fue un éxito y que hay que darle una medalla de honor a los perros”, mientras notifican que el hallazgo de una niña asesinada, cabe preguntarse qué valor le asignan a la vida de las mujeres. ¿No son suficientes estas escenas para mostrar la urgencia de la formación obligatoria en perspectiva de género para todos los funcionarios públicos?
Cuando los cuerpos que aparecen golpeados, maniatados, desnudos, descartados son siempre de niñas y mujeres, sostener como hace el Gobierno nacional que “varones y mujeres somos iguales ante la ley” para desmantelar las políticas de género no solo es cinismo; es una falacia. No es “pura ideología”, nos matan todos los días. Cuando la policía le contesta a una familia que busca a su hija que no hay móviles ni personal disponible porque están todos abocados a la final de la Copa Argentina de Futbol, lo que muestran es todo lo que falta. Capacitación, políticas de acompañamiento, patrocinio jurídico gratuito, prevención de las violencias. Si hay hombres que asesinan con particular saña a niñas y adolescentes, ¿no urgen materiales, contenidos y estrategias de enseñanza que ayuden a construir otras masculinidades?
Como bien muestra Rita Segato tras años de trabajo de campo en la región, los femicidios son mucho más que un asesinato: son crímenes de poder, performativos, comunicacionales, corporativos y sistémicos, donde el cuerpo de las mujeres es utilizado como un territorio donde se escribe un mensaje social. Y urge, en un contexto histórico de reacción antifeminista, signado por la crueldad y el desamparo institucional, poder encontrarnos, mirarnos y preguntarnos qué está pasando y qué vamos a hacer con eso. Por eso, desde el Programa de Género de la UNLC, invitamos a docentes, no docentes y estudiantes a seguir haciéndonos estas preguntas y a buscar las respuestas en comunidad.
